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12 de Març de 2010
Subí a aquel avión con cara de felicidad, era un viaje de trabajo y por la tarde estaría de vuelta con los míos, cenaría en casa, seguro. En un principio todo parecía normal. Recorrí tranquilo el pasillo buscando mi asiento entre las filas de butacas. Me senté y esperé, como siempre, ojeando un periódico que todavía olía a tinta, era muy temprano.
Todo el pasaje se colocó en sus asientos con cierta desgana y, cuando parecía que el avión tenía que empezar a moverse, llegó lo inexplicable e increíble. La voz enlatada típica de azafata dijo por los altavoces algo que me dejó helado: “Buenos días señores pasajeros, les habla la sobrecargo, vamos a proceder a elegir al capitán”. Me quedé sin habla, no entendía nada. La azafata prosiguió: “¿Alguien quiere pilotar el avión, alguien se quiere presentar a piloto?". Yo estaba asombrado, aunque enseguida deduje que se trataba de una broma. Nunca había volado con esa compañía, pero eso de buscar un piloto entre el pasaje sólo podía ser una broma. La sobrecargo insistió: "¿Bueno, se anima alguien a pilotar el avión?".
Yo sonreía, incluso pensaba en aquel momento que había una cámara oculta de algún programa de televisión, sonreí y no dije nada, seguí ojeando el periódico como si nada. La broma parecía continuar, ya que un pasajero, vestido con traje marrón y de mediana edad, se puso de pie y dijo muy serio ante todos: “Yo soy piloto y tengo acreditadas 4000 horas de vuelo con este aparato. Puedo pilotar sin problemas este avión”. Me quedé más tranquilo, aquello tenía que ser una broma o algún tipo de anuncio o promoción, pero al menos allí había un piloto. Seguro que en breve se pondría a los mandos y acabaría aquella tontería. Mi tranquilidad duró poco. Otro tipo, gordito, feo y desagradable, pero muy bien vestido, se puso de pie sobre su asiento y dijo muy locuaz: “Yo no soy piloto, pero eso hoy en día no es necesario, todo es automático y yo estudié informática. Si me eligen ustedes a mí, prometo que durante el vuelo no habrá sobresaltos ni baches, llegaremos antes y devolveré la mitad del dinero del billete a todos los pasajeros”. La gente empezó a aplaudirle. Entonces intervino enseguida otra vez el tipo que era piloto y dijo, titubeando un poco: “Pero es que yo soy piloto...”. El gordito no le dejó continuar: “Usted no sabe lo que dice, ni lo que hace, conmigo costará menos el vuelo, además, llevando yo el avión contaminaremos menos, cuando ustedes los pilotos llevan los aviones, se calienta la atmósfera y se producen muchas más turbulencias”. La gente aplaudió al gordito.
No aplaudían todos, creo que la mayor parte del pasaje estaba como yo, atónita y sin habla, pero sí aplaudían unos seis o siete pasajeros que estaban sentados muy cerca del gordito. Aquellos tipos gritaban y aplaudían siempre que su amigo el gordito decía algo. Finalmente la sobrecargo pidió que la gente votara. "¿Quién vota por el informático?" Los seis que estaban sentados junto al gordito levantaron la mano. La sobrecargo contó, siete votos, con el del gordito claro, que se votó a si mismo. La mujer continuó: "¿Quién vota por el otro?" (se refería al piloto). El piloto levantó la mano, pero nadie más lo hizo. Ninguno de los cerca de cien pasajeros movió la mano, yo tampoco, no sabía qué hacer. La sobrecargo sentenció: “Ha ganado el informático por abrumadora mayoría, siete a uno”.
Por alguna razón ignoró a los que no habían votado. Era evidente que la abstención se ignoraba en aquel avión. Sin que apenas me pudiera dar cuenta, y entre los sonoros aplausos de sus seis fieles admiradores, el informático gordito se dirigió a la cabina, no sin antes nombrar a sus seis amigos asesores personales, se sentó en el puesto del piloto, enchufó su minúsculo ordenador portátil en no sé qué parte del cuadro de mandos y el avión arrancó los motores y empezó a moverse torpemente por la pista. Paralizado por el miedo, noté como nos desplazábamos por la pista cada vez más rápido y a trompicones. Enseguida cogimos velocidad, nos elevamos y empezamos a volar casi en vertical. Como no podía ser de otra forma, a los pocos minutos nos estrellamos. Mientras una gran bola de fuego me consumía la piel y los huesos, en el último milisegundo de mi vida pensé: “Pues me parece que no llego a casa para la cena”.
| Roberto Mazorriaga (Palma) | 15-03-2010 - 20:17 |
| Se recoge lo que se siembra. PD: Y, a veces, si tienes mala suerte, ni eso. ¡Qué difernecia con el gobierno de Chile por ejemplo! | |
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