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22 de Juliol de 2010
Deuda indigna, deuda odiosa…
La deuda externa es, en realidad, un fenómeno bastante reciente. Se inició en la década de los años setenta. Entonces, el déficit fiscal de Estados Unidos originó una fuerte devaluación del dólar, lo que supuso un revés para los principales países productores de petróleo, que vieron disminuir el valor de sus exportaciones. Su reacción no fue otra que multiplicar el precio del crudo, cuya demanda se mantuvo y generó una superabundancia de petrodólares.
Estos países petrolíferos depositaron ingentes cantidades de dinero en la banca privada de Occidente. Para obtener rentabilidad, este capital tenía que ser prestado –especialmente a Estados, que no pueden declararse insolventes -, de modo que se generó el marco idóneo para el acceso fácil a créditos abundantes y baratos a países económicamente subdesarrollados.
Los bancos adoptaron una política crediticia irresponsable ya que no tomaron las precauciones sobre la posibilidad de impago, la fuga de capitales o la no ejecución de los proyectos para los que se solicitaba el dinero. Su uso, varió en cada país, pero por lo general sirvió para dotar de armamento moderno a los ejércitos estatales y, en el peor de los casos, asegurar la permanencia de gobiernos dictatoriales y corruptos. En los años ochenta, recordados como la “Década perdida”, esta deuda se convierte en un círculo vicioso, donde el pago de los intereses obliga a los países endeudados a obtener más préstamos que supondrán nuevos intereses impagables y la imposibilidad de inversión en el propio desarrollo. Y es que la obligación a exportar para conseguir divisas con las que pagar los intereses de su deuda exterior les impide ocuparse de su mercado interior.
Esta deuda, conocida en los sectores más críticos como ‘Deuda indigna’ o ‘Deuda odiosa’, ha ido generando una progresiva conciencia en muchos sectores sociales de la necesidad de la condonación de la deuda externa a los países incapaces de pagarla. Esta idea ha encontrado una fuerte resistencia entre los sectores políticos más conservadores de los países desarrollados, que no se resignan a perder el dinero prestado. Aunque no es frecuente, varios países han condonado a otros su deuda (total o parcialmente), generalmente por estar el país reconstruyéndose tras una guerra, una catástrofe o después de un estudio sobre su economía. Una buena noticia: el Estado español cumplió en junio la promesa de cancelar la deuda bilateral que reclamaba a Haití, por un valor de 27,6 millones de euros.
Asimismo, el movimiento por la abolición de la deuda externa ha empezado a observarse de una forma plurisdisciplinar. Y es que, de la misma manera que el proceso de globalización ha supuesto la generación de deudas financieras del Sur con el Norte, en la dirección contraria se han creado otras “deudas externas”, como son la deuda ecológica, le deuda histórica y la deuda social. Además, se ha empezado a tener en cuenta otra esfera, la anticooperación, es decir, aquellos procesos y mecanismos transnacionales que en el marco de las relaciones internacionales generan impactos negativos en los países del Sur.
Estos procesos sistémicos, entre el que se sitúa el enorme flujo de capital desde la “Periferia” al “Centro” a causa de la deuda externa financiera, afectan de manera determinante en la vida cotidiana de toda la ciudadanía del Sur. Esta visión se escapa muy a menudo de nuestra percepción. Ligar la percepción al impacto y reescribir el argumento es necesario para los que sufren hambre o están marginados por el sistema. Porque la deuda no es un fallo del sistema, sino un producto del mismo, por lo que para atajar el problema de la deuda se ve completamente necesario promover un cambio de estructuras. Si la deuda es abolida pero no se cambian las estructuras políticas, económicas, sociales y culturales, el problema se volverá a reproducir. Y, claro está, el cambio de estructuras incluye el cambio personal, el cambio de nuestra vida, de nuestras motivaciones. Es necesario el fortalecimiento de la solidaridad, la cooperación y la coordinación de los movimientos sociales frente al poder de las corporaciones transnacionales, las políticas neoliberales y la guerra. Ser coherentes con nosotros mismos y con nosotras mismas para alcanzar otro mundo posible: justo, equitativo, antipatriarcal y respetuoso con el planeta. Seamos coherentes: ¿Quién debe a quién?
| miquel monroig (Petra) | 23-07-2010 - 13:19 |
| Felicitacions per l'article sobre el deute, i per aquesta nova secció.Ens ajudarà a pensar i creure i creure i pensar que la crisi sols es pot resoldre des del canvi d'estructures i mentalitats personals i l'obertura a la solidaritat i la cooperació.Anim | |
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| Nuria Abad - Periodista y documentalista | |
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